Ensayos
 
Observaciones sobre la tiranía afectiva
 
OBSERVACIONES SOBRE LA TIRANIA AFECTIVA.
(Un ensayo preparatorio de una obra dramática sobre el tema)

La clave del gran poder que los padres dominantes tienen sobre sus hijos, y del enorme influjo que ejerce un cónyuge despótico sobre el otro, no está necesariamente en la violencia efectiva de los castigos; no está en la fuerza de los golpes, ni en el rigor de las penitencias, ni en la severidad de las multas. Esto se produce en algunas familias, y son casos extremos en los que el hijo o cónyuge desgraciado debe aprender la convivencia con la brutalidad.
En la familia despótica, aunque no se golpee ni se castigue, igualmente se mantiene un imperio de terror, a través de dos armas fundamentales:
1) La amenaza: los padres amenazan golpear, prometen toda clase de agresiones físicas, amenazan arrebatar al hijo sus posesiones, sus amigos, sus diversiones, encerrarlo en la soledad y la oscuridad. Aunque no cumplan las amenazas, el hijo las cree, y vive asustado de que se puedan cumplir. Más adelante, cuando ya tiene la fuerza física suficiente como para no temer la bofetada de un viejo, se lo amenaza con la expulsión de la casa, con la privación del apoyo económico, o de la relación afectiva.
El hijo niño o muchacho necesita de la protección de sus padres, necesita el techo, la comida, y la educación; perderlos es una catástrofe. Y necesita también el afecto, la escucha, el apoyo, que le confirmarán su pertenencia, y el sostén de sus mayores, para consolidar su identidad.
La pérdida de ese vínculo de afecto y protección con un grupo familiar es una catástrofe, y es mediante la amenaza de esa pérdida que los padres imponen la conducta deseada: "o hacés lo que te digo, o dejás de tener familia". La misma situación rige en la pareja, heredera del vínculo familiar originario, que nuevamente se ve en peligro ante la amenaza de abandono: "si no hacés lo que quiero, me divorcio".
2) El mal trato: La reprimenda airada, los insultos, la descalificación ofensiva, la burla, son lesivos, y causan sufrimiento. En el caso del mal trato, además del acto agresivo en sí, existe el dolor adicional que produce la suspensión del trato afectuoso.
El que incurre en una conducta que causa disgusto, pasa a ser tratado como canalla o loco (hasta se le dice "te volviste loco, sos una bestia, tenés maldad"), y a partir de allí pierde los derechos que le daba la pertenencia a su grupo afectivo. Desaparece el lenguaje del amor, se extravían las formas de la convivencia, y el culpable pasa a estar solo, y rodeado de hostilidad. Se pierde la familia, el grupo, y el vínculo, esta vez permaneciendo dentro de él.
El déspota afectivo se reserva el derecho de abandonar las normas de la convivencia afable en el momento en que la conducta ajena incurre en su disgusto o lo contraría.
Son varias las formas de aplicación de este castigo:
a) Identificar la conducta objetable con la esencia de la persona para descalificarla: "sos malo" en lugar de "tu acción es dañina"; "sos bruto" en lugar de "estás equivocado", "sos loco" en lugar de "tu conducta es incomprensible". Esto, por supuesto, convirtiendo en juicios objetivos e inapelables las propias reacciones subjetivas: "tu acción es dañina" en vez de "me hace daño" o "no estoy de acuerdo", "estás equivocado" en vez de "me parece erróneo" o "pienso distinto" "tu conducta es incomprensible" en vez de "no te entiendo" o "no me importa lo que te pasa". El tirano familiar convierte sus reacciones en ley, no diferencia el comportamiento de la persona, y le imputa defectos generales que inhabilitan todo lo que pueda decir o hacer.
b) Generalizar o globalizar un comportamiento convirtiéndolo en un hábito perverso, una conjura premeditada o un defecto congénito: "siempre hacés lo mismo" "nunca me das el gusto", "las mujeres son así", "todos los hombres son iguales", "lo mismo me hacía el otro". La persona es despojada de su identidad, y sus acciones son privadas de su singularidad aquí y ahora, para recibir una condena en bloque y para siempre.
c) Responsabilizar al otro de los propios exabruptos y los desatinos personales: "vos me volviste loco" "fuiste vos quien empezó", "es que no lo pude soportar", con lo cual el acusado es responsable no sólo de la conducta lesiva sino también de toda la pelea posterior y de la destrucción de la armonía.
d) Tratarlo como a un extraño: se le retira el saludo, se le pone cara hostil, se le responde con mutismo, o guturales monosílabos, con lo cual el culpable padece el castigo de la infelicidad cotidiana, al ser condenado a una especie de ostracismo doméstico o de muerte civil familiar, hasta que recapacite.
En todas estas maniobras de despotismo, como se ha dicho, la fuerza física no tiene ninguna importancia. Tampoco las distintas particularidades o tendencias del ser hombre o ser mujer inciden en este terrible juego de poder. Aquí prevalece la persona más capaz de agotar al otro o quebrarlo, la más proclive a los extremos de la ira, el desinterés o la agresión, la más apta para herir el corazón ajeno, la más insensible, la menos vulnerable.
Es decir, la menos humana.
 
 
 
 
 
 
 
 Luis Agustoni
 
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