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La verdad de los animales - Por Florencia Miranda
 
El circuito de teatro, 19/08/11Ver nota original


Sea honesto. Lo primero que se le pasa por la cabeza, cuando lo invitan a ver una obra basada en fábulas con moraleja, es un amable “no gracias”, inducido por el temor de que resulte un plomazo anacrónico. Especialmente si se trata de las fábulas de Esopo, fabulista griego cuya existencia se ubica de manera aproximada en el siglo VI antes de Cristo. El famoso miedo, tanto al anacronismo como a la moralina, lo tenemos todos. La autora de esta perorata se anima a doblar la apuesta y afirma, sin que le tiemblen los dedos que redactan, que no suele tomarse en serio ningún texto adulto en el que los animales hablen. Sin embargo, Fabulario, de Luis Agustoni, resultó una agradable sorpresa: compuesta principalmente por animales que hablan, se logra una obra actual, divertida y dinámica, definitivamente para tomar en serio. Con un vestuario despojado, consistente en telas semejando túnicas, y una escenografía simple, de gradas y cubos que los actores atraviesan, suben y bajan como si se tratara del Monte Olimpo, Fabulario se inaugura con una reunión de dioses y una mirada ácida y mordaz sobre el estado actual de la humanidad. Actual entre comillas, porque guerras más, guerras menos, la humanidad ha sido siempre igual; eso es lo que Zeus nos quiere decir en el comienzo de la obra. Estos griegos, de los que el Dios de Dioses se queja tanto, están fundando la civilización occidental y en realidad no son más que un puñado de bárbaros caprichosos que le tironean de la túnica a sus dioses para conseguir lo que quieren. Un Zeus muy argento, por cierto, más preocupado en corretear con sus ninfas que en el destino de la humanidad, y que nos deja frente a frente con el absurdo de la dependencia y ciega creencia humana en una justicia divina, en la existencia de un dios mesurado y omnipotente. O quizá estoy exagerando, y la escena del Olimpo sólo es graciosa, muy graciosa, y la trascendencia metafísica se la pone cada uno, a gusto y placer. Las actuaciones son, todas y cada una, un lujo; los actores prácticamente no necesitan decir qué animal interpretan para que el espectador los identifique a todos, uno por uno: la liebre verborrágica y tonta, las serpientes aduladoras y engañosas, el águila soberbia y egocéntrica, una a una desfilan por el escenario, en ingeniosas adaptaciones del texto original clásico, y nos hacen pensar que, tal vez, este fabulista griego del siglo VI antes de Cristo no está tan lejos de nuestra vida actual. Al fin y al cabo, la humanidad, guerras más, guerras menos, fue y será una porquería, lo dice el tango y lo confirma Zeus.

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